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Miércoles, 21 de Octubre del 2020
Viernes, 29 Mayo 2020

Volvemos a la normalidad....

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Hasta cierto punto. Pero al menos, lo intentamos.

Si hace medio año alguien nos hubiera contado lo que íbamos a pasar, como poco le hubiéramos tildado de loco, zumbado y friki. Pero las cosas pasan, querámoslo o no. Y nos ha tocado vivirlo.

 

Hay quien ha sufrido mucho. Otros poco. Algunos incluso apenas lo han notado. En un futuro cada cual contará la historia según le haya ido. Lo que no puede negarse es que para la inmensa mayoría la pandemia ha supuesto un golpe, más o menos duro, a los pilares más inconmovibles de nuestro sistema de vida. En lo económico, en lo social, en lo político, muchas cosas se han tambaleado. O han cambiado. Solo el futuro nos dirá hasta qué punto los cambios se quedarán con nosotros y si serán positivos, negativos o más bien… todo lo contrario.

 

Pero la cuestión es que ya empieza a oler a normalidad. Aunque sea tenuemente. Y si no, prestad oído al pulso de la calle. ¿Recordáis hace un par de meses? El silencio imponía respeto. Con mayor o menor grado de cumplimiento, en España y en medio mundo las gentes estaban, estábamos, encerrados en nuestras casas. En determinados momentos el confinamiento era casi total. Y las calles estaban mudas. El habitual bullicio de nuestras avenidas apenas se rompía con el paso del algún vehículo de emergencias, o de las fuerzas de orden público. No se oían los gritos de los niños, ni las voces de los adolescentes, ni las conversaciones de los adultos. No se escuchaba el ruido de los coches, ni de las motocicletas, ni de los camiones. Quienes podíamos salir, siempre con cuidado y durante el mínimo tiempo indispensable, llegábamos incluso a sorprendernos al no mirar los semáforos ni las calzadas al cruzar las calles, lisa y llanamente porque nos estábamos habituando a la casi inexistencia de tráfico.

 

Y junto al oído la vista también nos sorprendía. Más que nada, la ausencia de movimiento, la quietud de la ciudad. Las calles llenas de vida, de movimiento, de gentes atareadas o de terrazas donde disfrutar de la caña o el café, el ir y venir entre comercios y comercios, la gente concentrada en diferentes lugares y por diferentes motivos… Todo, o casi todo ello, desaparecido. Las ciudades aparecían fantasmales, como un recuerdo vacío de lo que fueron. Hasta los animales y la vegetación salvajes se atrevían a explorar y colonizar el mundo urbano, el mundo de donde los humanos les habíamos expulsado durante siglos y al que ahora, con el peligro confinado, volvían.

 

Y poco a poco se han ido quemando las etapas de lo que todo el mundo llama desescalada. Y el movimiento vuelve a las calles, y también el ruido. Y el aire, ese aire tan limpio del que hemos medio disfrutado en los últimos meses, vuelve a llenarse de humos y gases. Y cruzamos puentes hacia la normalidad.

 

Una nueva normalidad que prácticamente nadie sabe en qué consiste. ¿Volver a lo anterior? Quizás. ¿Eliminar de lo que tuvimos aquello que más nos perjudicaba, que más desagradable era? Ojalá, aunque lo dudo. En cualquier caso la vuelta a la normalidad, sea la que sea, debe hacerse con sentido, con responsabilidad. Esto aún no ha terminado y si por nuestra mala cabeza, por nuestra impaciencia en disfrutar de nuevo lo que antes teníamos, nos vemos obligados a volver atrás, el golpe sería demoledor.

 

Poco a poco, despacito y con buena letra. Disfrutemos de cada nuevo avance con moderación. Muchas, demasiadas personas, no podrán hacerlo porque habrán quedado en el camino que la pandemia ha trazado, a golpes de guadaña en sus vidas. Los demás tenemos ante nosotros el reto de no engrosar o hacer engrosar las deprimentes listas de los que el Covid-19 arrebató de nosotros. Todo llegará: el momento de llegar al final del camino, el momento de recordar a quienes nos dejaron, a quienes nos salvaron, a quienes vivieron esa misma e inesperada situación que nos ha tocado a todos vivir.

 

Disfrutemos, volvamos a vivir. Cimentemos nuestro futuro en nuestro buen juicio. Y recordemos siempre lo que nos ha ocurrido para que si alguna vez se repite tengamos, todos, la lección aprendida

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