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Domingo, 23 de Setiembre del 2018
Sábado, 24 Marzo 2018

El Viaje (final) a Ninguna Parte. Hoy como ayer: cosas necesarias y cosas superfluas…

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Claro que, bien mirado, si son cosas…siempre serán superfluas… de las cosas siempre se puede (o se debería poder) prescindir.

Diferente es lo que ocurre con las personas, porque si llegáramos a la quintaesencia en la expresión de necesidades, la única verdaderamente fundamental en la vida es la de querer y ser querido, amar y ser amado, tener a quien querer, y ser correspondido en ese sentimiento por esa misma persona. Ese es el auténtico y más valioso tesoro, que hay que buscar primero, tener la suerte de encontrarlo después, y cuidarlo…y mimarlo, durante toda la vida. Aunque hay que reconocer que también nos encontramos con frecuencia con personas, al menos en apariencia, perfectamente prescindibles.

 

Porque con las cosas…mirad lo que pasa con las cosas…y vuelvo a un relato en primera persona, y os cuento que lo que pasa con las cosas suele ser parecido a lo que me ocurrió a mí con cuatro objetos, cosas o productos absolutamente prescindibles, dada la naturaleza de nuestros hábitos familiares cotidianos. Por entonces estaría en el entorno de los 30 años, edad venerable ya para ser caprichoso, pero única edad a la que yo pude empezar a serlo, siquiera ocasionalmente, porque antes…naranjas de la China y que si quieres arroz Catalina (sic), ya que con el nivel de ingresos casi nulo que había en la casa familiar no estábamos precisamente para darnos ningún capricho. Pues hacia los 30 años, esto es, más o menos cuando Tejero perpetraba su ridículo, decimonónico y trasnochado golpe de Estado que nos acojonó a casi todos, en 1981 (después han venido otros peores), se nos ocurrieron cuatro iniciativas, todas ellas más o menos relacionadas con la incipiente sociedad de consumo a la que nuestra joven y casi recién constituida familia – como nuestra joven y recién constituida democracia- se estaba incorporando ilusionadamente. Fueron las siguientes: una, iniciar con la CAM (Caja de Ahorros del Mediterráneo, entidad-casi institución que todavía recuerdo con nostalgia y con cariño) un plan de Ahorro que me permitiría ser por primera vez millonario, porque pude alcanzar, al cabo de esos cinco años, la cantidad de 1.425.000 pesetas de saldo en mi libreta; dos, adquirir, por fin, un equipo de música de alta fidelidad, que le compramos al bueno de Hervás, excelente técnico y mejor persona, en la tiendecica de electrodomésticos que tenía frente a mi casa en el Paseo; tres, hacer una imposición a plazo fijo de 50.000 pesetas en CajaMurcia (que ya ni existe, ni su hijo BMN, absorbidos por la bicha BANKIA) y mantenerla (creo recordar que durante un año), por la que nos regalaban una bicicleta; y cuatro, aunque ninguno sabíamos en casa ni papa (ni mama) de música, gastarnos casi 100.000 pesetitas en un órgano electrónico en el Corte Inglés, noble artilugio que aún debe funcionar (salvo que se le haya disparado el botoncito de la obsolescencia programada y se haya muerto solo y abandonado en algún rincón oscuro, haciendo compañía al arpa becqueriana, o salvo que se haya quedado mudo, como me pasó a mí la semana pasada tras presentar el libro de José Antonio Marín Ayala en el hotel San Sebastián), órgano cuyo teclado yo aporreaba incansablemente cada sobremesa mientras fumaba un Nobel tras otro (algo que me relajaba mucho, la verdad, tanto la acción de aporrear el teclado como la de fumar compulsivamente), mientras intentaba sacar los acordes más o menos bien acompasados del Himno a la Alegría, versión Miguel Ríos, o el Amor de Hombre de Mocedades. Un poco ridículo, sí, lo reconozco, pero era un buen mecanismo antiestrés. Ahora, aquello ya son “verduras de las eras”, que diría el poeta. De esas cuatro “cosas” no me equivocaría mucho si dijera que la más rentable para mí, con diferencia, fue la de la bicicleta, que utilicé realmente para aprender a montar, una vez que, en la explanada de los Prados, a mis treinta largos y cumplidos años, me atreví a levantar los pies del suelo, apretarlos sobre los pedales y dejarme llevar por el impulso y el natural sentido del equilibrio. A los pocos días, llevaba de “paquete”, detrás, a mi señora esposa, que por entonces se atrevía a casi todo, incluso a dejarse transportar por un ciclista recién advenido al club. Locuras de juventud de treintañero.

 

Y es que, apreciadísimos leyentes, os digo, y voy a repetirme: si llegáramos a la quintaesencia en la expresión de necesidades, la única verdaderamente fundamental en la vida es la de querer y ser querido, amar y ser amado, tener a quien querer, y ser correspondido en ese sentimiento por esa misma persona. Ese es el auténtico y más valioso tesoro, que hay que buscar primero, tener la suerte de encontrarlo después, y cuidarlo…y mimarlo, durante toda la vida. Las cosas sólo son eso…cosas, y en cuanto a cosas que son, todas son superfluas.

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