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Viernes, 28 de Julio del 2017
Viernes, 30 Diciembre 2016

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Cajitán: la inquietante, cambiante y seductora campiña fantasma13

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Parada de autobús junto a la ermita de San Sebastián en Ricote Parada de autobús junto a la ermita de San Sebastián en Ricote

CLR/Bartolomé Marcos.

Ya saben ustedes de mis excursiones y paseos por los privilegiadísimos alrededores de Cieza. Algo les he venido contando de mis andanzas, andaduras y andablandas, caminatas, rodaduras y hasta rozaduras (alguna vez he llegado a caerme, con los inevitables y dolorosos “sollejones”), asendereando caminos solo o en compañía de otro solitario, exclusivo, exclusivista y excluyente miembro del grupo senderista “Los rarosnc” (1), Pedro Luis Almela.

Hoy me hago a la idea de que me acompañan ustedes-si son tan amables y así lo quieren- por una ruta corta. Además del citado Pedro Luis Almela, que va siempre a mi lado izquierdo (sin que eso signifique nada en especial), hablándome. La ruta tiene entre siete y ocho kilómetros en total y se tarda, a buen paso pero no excesivamente rápido, entre una hora y media u hora cuarenta y cinco minutos en recorrerla. Discurre por una zona del campo de Cajitán perteneciente a los municipios de Cieza, Ricote y Mula. El recorrido, siempre sobre asfalto y prácticamente sin ninguna dificultad. Arranca de una casa ubicada junto a un camino rural de servicio, a la derecha de la carretera comarcal Cieza-Mula, justo frente al cruce de la citada carretera con la de Ricote y siempre con la referencia al frente de las antenas de comunicaciones del pico Almeces a 1100 metros sobre el nivel del mar, y a mano izquierda el macizo del Collado Portazgo, enrutado hacia Abarán. Ya ven que, flanqueados por gigantes semejantes, andamos siempre bien escoltados y en buena compañía.

 

Circulamos por la carretera comarcal que lleva a Ricote. Es un camino salpicado de numerosas casas rurales, algunas de gran porte, muchas bastante desvencijadas y con aspecto de sepulcral y romántico abandono, vigiladas por una media de entre cuatro y cinco perros por casa. Son tantos los canes que en algún momento llegamos a bautizar el recorrido como “la ruta de los perros”. Personas pocas, casi ninguna. Perros por jaurías. Tras unos cuatro kilómetros de caminata y ladridos, llegamos a un paraje que empieza a justificar nuestra referencia a Cajitán como “la campiña fantasma”. Estamos en la pequeña ermita de San Sebastián, una maravillosamente bien conservada construcción que recuerda las pequeñas iglesias y capillas habituales en los cementerios, cerrada a cal y canto, eso sí, pero con una impecable señalización y rotulación, colocada por el Ayuntamiento de Ricote y en la que no falta incluso una fabulosa parada de autobús que se mantiene en perfecto estado, sin un rallajico o vestigio alguno de deterioro, como si los propios elementos físicos y materiales de que está hecha hubieran sufrido un proceso de momificación y fueran ya absolutamente ajenos al paso del tiempo. Paradas de autobús como, desgraciadamente, no queda ninguna en Cieza.

 

A partir de la ermita de San Sebastián dejamos la carretera de Ricote y la referencia de las antenas del pico Almeces para coger un camino rural que nos lleva doscientos metros más abajo, hasta la casa de don Pedro, la casa del marqués, impresionante mansión solariega con su torreta-campanario de peculiar aire y estilo cajitanesco, y su escudo de armas de la orden de Santiago. Ni un alma (que por otra parte tenemos la inquietante sensación de que podría aparecer en cualquier momento) en el gran silencio del entorno. Si acaso, algún ladrido lejano que no perturba la paz de cementerio sin muertos tan siquiera. Más abajo, a apenas cien metros de la casa del marqués, el albergue, otra construcción rústica, pero de gran empaque y rural monumentalidad, donde la puerta abierta de lo que parece ser un patio-almacén, revela la existencia de cierta pero indefinida actividad. Además…se oyen voces. Allí nos espera, a la vera misma del camino, nuestro limonero mágico, que aunque lo esquilmamos cada día sin permiso de nadie, cada día nos ofrece el milagro renovado de algún limón de más calibre. Me viene muy bien la parada porque los limones son una cosa que suelo olvidar cuando salgo de compras al Carrefour. Aquí aprovecho y repongo. Aunque el limonero no es la única agradable sorpresa, porque a su lado está la dulcísima y multicolor maravilla de un madroño, cuyo fruto maduro se deshace en la boca irradiándola de agradabilísimas sensaciones gustativas, en sabores como de otro tiempo y otros mundos. Afrontamos ya la última parte del recorrido, unos tres kilómetros para volver al punto de partida. Atravesamos la rambla Charrara, donde nos llama la atención un cercado con aspecto de abandono con descomunales columnas de cemento a modo de poderoso pórtico. Después la casa “El Capricho” con sus monjiles referencias y su alborotada cohorte canina de pequeños, simpáticos y escandalosos gremlins que parecen ladrarse unos a otros. La pedanía “Las Ventanas”, con su bar, que hasta ahora no hemos visto nunca abierto y la sorpresa final de otra extraordinaria y descomunal parada de autobús, con la que ilustramos gráficamente la referencia escrita de este paseo, otra parada de autobús sin autobuses y tan inmaculada, nueva y entera como la de la ermitica de San Sebastián. El autobús, paradójicamente, nos está esperando, desubicado, en el punto de partida. Es enorme…larguísimo, de color azul celeste con rótulos en amarillo y rojo en los que puede leerse Cieza Bus. Al pescante de la soberbia diligencia, Paco, noble truhán al que habría querido como personaje Quentin Tarantino, sentado orgulloso al mando de su máquina, dispuesto a volver a casa por un camino- la carretera Cieza-Mula a través de la Sierra del Oro y la Atalaya- inverosímil para tamaña empresa aventurera y aventurada. Pero todo es posible en Cajitán, la tierra de los mil senderos, las mil rutas que se bifurcan, donde las generosas lluvias caídas recientemente harán rebrotar la vida en apenas un mes o mes y medio.

 

No sé ustedes, pero yo al menos sí lo he pasado bien, porque el aburrimiento sólo está en el interior, en la falta de conformidad con uno mismo, que es la peor de las discordias. ¿No creen?

 

1 (Los raros numerus clausus, en feliz-para nosotros-denominación señaladora de José Luis Vergara Jiménez, concejal, maestro en el uso del lenguaje y legítimo y reconocible papi del palabro).

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