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Viernes, 05 de Marzo del 2021
Sábado, 16 Enero 2021

Cieza, hoy. Se vende: Café San Sebastián

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José María Cámara José María Cámara

CLR/José María Cámara.

El Sanse fue como una historia de amor: las dudas primero y después el desenfreno, lo oficial y la rutina. El Sanse fue, hasta hace unos días, casi como la ONU para los ciezanos. Todos, sin distinción de clase social, trabajo, nacionalidad o edad, entraban y salían de este lugar que ya formará, para siempre, parte de la memoria de una tierra que estas semanas veía como se borraba una parte, otra más, de la Cieza del pasado y del presente. La que hoy nos constituye como lo que somos.

Hace unos días un amigo escribía en Twitter: ‘’ Es la ley de la vida’’. Esas mismas seis palabas me las escribió por privado para justificarme el cierre de casi su segunda casa. El Sanse, esa puerta al pasado que tan feliz hizo a tantos ciezanos, bajó, por última vez, su resonante persiana hace tan solo unos días. Su interior quedaba desmembrado a la espera de que le colgaran su sentencia de muerte: SE VENDE.

 

El Sanse ha sido algo más que una simple cafetería. El Sanse ha supuesto para muchos el lugar donde sus sueños se hacían realidad; el lugar donde Carlos siempre te recibía con una sonrisa, unas palabras cariñosas y un saludo que te hacía imposible entrar con mala leche. En el Sanse se han forjado amistades a golpe de gin tonic y cigarro en las escaleras de hierro de su coqueto patio. En el Sanse se han forjado amores que han resistido al paso de los años y hasta al propio cierre de su origen. El Sanse forma parte, desde hace unos días, del imaginario colectivo de una generación que encontró en este emblemático local de la Calle San Sebastián su café antes de la biblioteca, su copa después de las reuniones y la última después de celebrar la vida.

 

El local de Carlos se convirtió, con el paso de los años, en un lugar clave en la vida de muchos ciezanos que hicimos nuestro el sofá de la entrada, los taburetes y sillas de madera de su barra y su absorbente espejo en el que veíamos pasar la vida a golpe de cuenco de golosinas o pipas. El local de Carlos ha sido, durante estos años, el lugar de encuentro para aquellos que, en las noches de los jueves, buscaban un local en el que ahogar sus penas o compartir sus glorias junto a las personas que sienten casi como su familia. El local de Carlos nos ha enseñado a querer, a entender que la vida se esfumaba en una partida del mentiroso, en una bajada de persiana a las tantas de la madrugada o en el olor a fritanga de las comidas y cenas clandestinas que hacían grupo entre los habituales de este local. Se despidió de nosotros, en silencio, pero con el aplauso del gran público que hizo del Sanse su segunda casa, su segundo templo, su lugar de trabajo o su lugar de reencuentro.

 

El Sanse ha bajado por última vez la persiana para recordarnos lo importante que es vivir el momento, sentir, vibrar, emborracharse, dejarse la voz y disfrutar de los amigos donde sea, pero, si era en el Sanse, mejor.

 

Sus paredes caerán, y con ellas caerán en el olvido todos y cada uno de los secretos que se contaron sus huéspedes durante los muchos años en los que sus escaleras de madera chirriaban cada vez que una persona pisaba en ellas. Y no fueron pocas.

 

El Sanse ha sido ese lugar donde los políticos imaginaban una Cieza mejor en las vísperas de unas nuevas elecciones. El Sanse ha sido el marco perfecto donde, en las largas noches de Miércoles Santo, hacerte la última foto con la túnica para, cuando el olvido toque a tu puerta, recordarte que fuiste feliz en su altillo de madera y ventanas casi de juguete. El Sanse era el estadio al que el anciano acudía cuando el fútbol lo llamaba casi al final de su vida. El Sanse ha sido la vida misma para aquellos que, semana tras semana, acudían para reencontrarse con los que ya no están y los que desde su barandilla de hierro hicieron reír a los que hicimos de ese patio nuestro paraíso, de sus taburetes nuestros tronos y de su suelo nuestros caminos por recorrer.

 

El Sanse ya forma parte de la memoria de los ciezanos. Como decía Lope de Vega: ‘’quien lo probó lo sabe’’ Y quien lo probó sabe que el Sanse no ha sido ni el uno por ciento de lo que aquí escribo. El Sanse ha sido un pilar en el que generaciones y generaciones de ciezanos fueron creciendo bajo la sonrisa interminable de Carlos, el sonido atronador de sus maderas, el tapizado de su sofá, la Inmaculada de la vitrina, el cuadro de la Cama y la pulcritud de su blanca barra.

 

Gracias por lo dado, gracias por lo vivido y gracias por lo regalado.

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