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Domingo, 25 de Octubre del 2020
Viernes, 12 Junio 2020

Bares

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

No, no voy a copiar el verso de la canción. Aunque estos lugares sean los verdaderos templos de la esencia patria y en ellos la conversación y la compañía sean gratas…

Los bares, su abundancia y su carácter socializador, son probablemente una de las características más definitorias de nuestro país. De hecho más que como toreros o bailaoras en el extranjero nos ven como nómadas que viajan de bar en bar sin tener que moverse mucho, dado el gran número de ellos que pueblan nuestras calles. Muy diferente esta plétora de establecimientos hosteleros de lo que podemos encontrar en otros países de nuestro entorno, donde, y lo digo en serio, muchas veces cuesta encontrar un bar donde caerse muerto… o donde tomarse una caña.

 

Visto lo visto, no es de extrañar que el pulso de nuestra sociedad se tome en los bares. Si estos están vacíos o poco solicitados, en especial sus terrazas, algo va mal. Y eso que los españoles, o al menos una notable proporción, preferimos privarnos de casi cualquier cosa antes que dejar de acudir a nuestro local favorito. Ahora bien, si la cosa marcha de forma satisfactoria los bares, y cómo no sus terrazas, son meca del peregrinaje matinal, vespertino y nocturno de las huestes de hispanos sedientos de refrescos, espirituosos, cócteles, combinados, té, café y conversación. ¡Ah, y pinchos! Claro está, los bares tienen una condición sine qua non para poder funcionar: parroquianos y clientes en general, independientemente de su origen y filiación, pero con unos cuartos en la bolsa que poder gastar y, casi siempre, con compañía de la que disfrutar.

 

Pues bien: cuando nuestra sociedad se ha quedado durante el confinamiento sin pulso, el mejor reflejo de esta animación suspendida ha sido el de los bares cerrados a cal y canto, sin público y sin terrazas, sin ese bullicio y ese ir y venir de clientela y servicio que tanto les caracteriza y nos caracteriza. Y cómo no, tenemos que recordar que los bares, la hostelería en general, son negocios destinados a obtener beneficios. En la mayoría de los casos se trata además de negocios familiares, quizás con algún empleado o empleada, pero que constituyen el medio de vida y de subsistencia de una proporción notable de trabajadores españoles, 2,7 millones concretamente. Y suponen también más de un 6% del producto interior bruto nacional. O sea, que no se trata de algo baladí.

 

Podéis imaginar, por tanto, cómo lo habrán pasado los propietarios y trabajadores de la hostelería española en este casi mes y medio de cierre obligado del país y de sus negocios. Salvo en casos específicos en los que algunos bares y restaurantes han seguido su actividad reconvirtiéndose a la comida a domicilio, la inmensa mayoría de los locales ha visto reducidos sus rentas, literalmente, a cero. No hay mucha gente en España que pueda subsistir casi dos meses sin ingresos, dada la escasísima capacidad de ahorro del ciudadano normal de nuestro país. Y por si fuera poco la mayoría de estos negocios ha tenido que seguir pagando durante el confinamiento sus facturas de electricidad, de agua, de suministros, de alquiler, etc. Una situación asfixiante.

 

Y para acabar de rematar la jugada las fases de la desescalada no han permitido en ningún momento una reapertura completa de los negocios, siendo bastante restrictivas en este sentido. No quiero decir que no haya sido necesario; a la vista está que sí, que el aislamiento social era imprescindible y el control en los lugares donde las distancias son casi siempre cortas no tenía alternativa. Había que optar, literalmente, entre la bolsa y la vida. Y la elección estaba clara.

 

Poco a poco los bares han ido abriendo. No todos, desgraciadamente, ya que para muchos los límites impuestos por el distanciamiento social o la carencia o pequeña dimensión de sus terrazas hacía inviable económicamente hablando la apertura. Con la relajación de las restricciones en las siguientes fases de la desescalada nuevos locales han ido levantando sus persianas y han animado la hasta entonces comatosa vida social hispana. Otros, me temo, no volverán a levantarlas.

 

Y aunque no todos han vuelto a funcionar, sí lo han hecho los suficientes para que la máquina que hace “bip” y que mide el pulso y el dinamismo del país vuelva a sonar. Y aunque con restricciones las terrazas están de nuevo abarrotadas, las barras vuelven a poblarse de pinchos que dicen “cómeme” y de ávidos parroquianos y el ir y venir de camareros y clientes nos devuelve a ese ambiente de antes, a la vida que casi habíamos olvidado y que estaba ahí, escondida tras las persianas de los bares cerrados. Y el río vuelve a fluir y el verano acompaña, y aquí estamos de nuevo, dispuestos a recuperar el tiempo perdido.

 

Y es que ya se sabe, y esta vez sí parafraseo la canción: no hay nada como el calor del amor en un bar. Vamos a buscarlo.

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