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Viernes, 15 de Octubre del 2021
Sábado, 18 Septiembre 2021

Una historia a color

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CLR/Manolito Alegría.

Ni un solo día he maltratado este cuestionable cuerpo que Dios me dio en la playa. Ni uno solo. Septiembre llegó para librarnos de la estival dictadura de los pies al aire y el abajo firmante sigue tan blanco como en febrero y a mucha honra.

En este siglo XXI, tan siglo y tan veintiuno, vemos como algo muy normal sufrir la agónica travesía del desierto dominical para derrumbarse sobre la arena a tomar el sol y así conseguir ese ansiado color de piel a mitad de camino entre Hulk Hogan y un centollo. Cada momento histórico en el transcurrir de la humanidad tiene su extravagancia cutánea y este martirio solar parece ser la nuestra.

 

No somos la primera ni una última promoción de humanos dispuestos a atentar contra el sentido común para ajustar el tono de piel a la moda. Disfrutemos juntos, oh amigos, del siguiente ejemplo: echemos un rápido vistazo a Las Meninas; la niña con mirada de delatora de adulterios y cómodo atuendo es la infanta Margarita. La criatura, pese a la benevolencia de Velázquez, parecía prima segunda del mismísimo Picio. Pero las beleidades genéticas fruto de la consanguinidad no son motivo ni razón para no cuidarse el cutis y lucir ese hermoso color pajizo tan a la moda de los tiempos.

 

¿Qué cómo se conseguía? comiendo barro. Como lo leen. Si prestan ustedes atención, mis adoradísimos amigos, a la camella que aparece por la siniestra podrán ver cómo le pasa, con nulo disimulo, un pequeño búcaro. Era costumbre en aquella época masticar trozos de barro o arcilla para así conseguir ese ansiado tono de piel paliducho que dejaba bien claro que el campo para las liebres. Según parece, zampar arcilla producía, entre otros tormentos, anemia y por ende ese tono de piel de angustia mañanera.

 

Otra explicación a la bucarofagia de la criatura podría ser que padeciera alguna clase de alteración genética. El barro también se utilizaba para tratar alteraciones ginecológicas como la menstruación precoz o abundante. Según parece, la infantilla pudo haber sufrido algún tipo de síndrome genético que le produjera pubertad precoz.

 

« No tiene la criatura bastante tormento con el impronunciable síndrome ese que tiene, no. Encima vamos a darle de comer barro a ver si la termináramos de averiar entre todos» debió pensar aquel comando terrorista que tenía por meninas.

 

Podrán ustedes comprobar que no hay nada nuevo bajo el Sol; que somos igual de tontos o igual de listos que hace siglos con una salvedad: antes nos infringíamos castigo por puro desconocimiento y ahora lo hacemos con pleno conocimiento de causa, con diurna alevosía.

 

Por lo que a mí respecta, y que me perdonen los fabricantes de bañadores, si tuviera que elegir entre un apetecible día de playa, con su chiringuito, el nene con la pelota y la avioneta que anuncia melones o comer barro la única duda que se me plantea es si le pondría limón o aceite de oliva al botijo que me metería entre pecho y espalda a mordisco limpio. Que me como la fuente, el cántaro y al terne que lo lleva antes que pisar voluntariamente una playa.

 

Que tengan ustedes un buen día.

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