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Domingo, 23 de Setiembre del 2018
Sábado, 10 Marzo 2018

¿Se acabó la vieja política?

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Desde que se inició la crisis de la que, según algunos, ya hemos salido pero según todos los demás sólo algunos, los de siempre, han conseguido salir, están sucediendo cosas en la política española que ni los más viejos del lugar recuerdan.

Y es que algo se está moviendo en nuestra sociedad. Sin ir más lejos, en las últimas semanas son varios los aldabonazos que en las calles los ciudadanos y las ciudadanas de a pie han hecho sonar en los oídos de la clase política española, incluidos algunos partidos de esos que se autodefinen como “nuevos”, y que me da la impresión que no lo son tanto. Y es que la paciencia de la gente tiene un límite, el cual me temo que ha sido rebasado con creces hace ya tiempo.

 

Como muestra, varios botones. Por ejemplo, el de las fuerzas de seguridad del Estado, cuyos salarios son escandalosamente bajos y suponen un agravio en comparación con los que disfrutan los cuerpos policiales autonómicos. Durante décadas se ha ignorado esta diferencia en la convicción de que policías y guardias civiles no iban a protestar dado su carácter de fuerzas del orden, pero tras los sucesos ocurridos no hace mucho en Cataluña pudo verse que sus condiciones de trabajo daban poco menos que vergüenza, sin hablar de sus salarios, y el colectivo se plantó. El gobierno no ha tenido otra opción que atender sus demandas; y por favor, que no jaleen este hecho otros partidos que en su momento también estuvieron en el gobierno y no hicieron nada al respecto.

 

¿Y qué decir de nuestros jubilados, tan conservadores y pacíficos ellos y que han salido a la calle a pararle los pies a un gobierno cuyo mayor empeño parece el recortar los derechos sociales de los españoles para recortar también los impuestos, pero esta vez solo de “algunos” españoles? Hasta el punto que los líderes políticos que hasta hace unas semanas y con una coordinación envidiable, todos a una, avisaban de que las pensiones públicas se acababan, ahora también al unísono se han tenido que autoproclamar defensores de esas mismas pensiones con las que quieren tan descaradamente acabar. Y es que no conviene enemistarse con los ocho millones y medio de jubilados, que son también ocho millones y medio de votos contra los cuales no es que sea difícil gobernar, sino que no hay manera de hacerlo.

 

Y la última, y tal vez más espectacular: la salida masiva, desbordante, de millones de mujeres a la calle para enfrentarse sin complejos a su supeditación al varón y a la desigualdad e inseguridad que sufren por el hecho de ser mujeres. Y qué decir del curioso recorrido de algunos políticos, algunos sindicatos y algunos partidos que pasaban en diez días de la descalificación del movimiento feminista y de las movilizaciones que se preparaban a ponerse el lazo reivindicativo y proclamar a los cuatro vientos poco menos que su paternidad del movimiento.

 

Y son muchas más las cosas que están pasando y que nunca antes, al menos en el pasado más reciente, habían ocurrido. Son muchos los colectivos, las asociaciones, los grupos de personas que ven cómo nadie, y menos los responsables políticos, responden a sus necesidades y demandas, aunque sean no justas sino justísimas y absolutamente necesarias. Y como nadie les defiende ni apoya deciden salir a la calle y hacer visibles sus enfados y sus peticiones, anunciando además que tienen en sus manos un arma de destrucción política sin igual: su voto. Y entonces los viejos partidos y algunos de los nuevos recurren a la palabra de rigor: populismo. Porque hasta no hace mucho para gran cantidad de los ciudadanos de nuestro país era oír la palabrita y hacerse cruces y mentar al maligno. Pero las cosas cambian, evolucionan, la gente aprende y conoce cada día más el país en el que vive, ve lo que pasa en él, y cuando hoy en día algún rancio político que más parece sacado de finales del siglo XIX que de un ya mayor de edad siglo XXI anatemiza a quien protesta con el adjetivo “populista”, pues casi que piensa: “seguro que esta gente tiene razón y por eso les insulta el individuo (o individua) ese”.

 

Pues bien, las cosas están cambiando. Es evidente. Ya no somos tan tontos, ya no nos dejamos convencer por palabras grandilocuentes que al final siempre significan lo mismo: la ley del embudo, sólo que lo estrecho nos toca siempre a nosotros y lo ancho, pues a los de siempre. Y protestamos, y lo hacemos públicamente, movilizándonos para causar el mayor impacto posible en la opinión pública y asustar de esa forma a quienes pusimos en su momento en el poder para que arreglaran nuestros problemas y sí que arreglan problemas, sí, pero no los nuestros. Lo que está por ver es si el descontento, el hartazgo, la pura necesidad, se traduce finalmente en un cambio de la corriente de voto que lleve al poder a políticos y partidos a los que realmente les importe el bienestar de los ciudadanos, de todos los ciudadanos, y no de unos pocos. Y que nos hagan recuperar el orgullo de ser precisamente eso, ciudadanos de un país con el que tenemos deberes, sí, pero también derechos, y que se preocupa tanto por nosotros como nosotros por él.

 

A ver si por fin aprendemos y somos capaces de cambiar las cosas. A ver si, de una vez por todas, se acaba la vieja política que ya no nos sirve y empieza una nueva, más cercana

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