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Domingo, 25 de Octubre del 2020
Viernes, 22 Mayo 2020

Preguntas de un (casi) analfabeto en economía

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Hace unos días, hablando (telemáticamente) con unos amigos, nos preguntábamos qué va a pasar con la economía en cuanto se suavicen o se eliminen las normas de confinamiento.

La primera conclusión a la que llegamos fue que la cosa iba a ir mal. Pero en lo que no nos poníamos de acuerdo es en cuán mal iría la cosa.

 

No soy economista, aunque algo sé del tema. Sé que la economía capitalista, la que tenemos, necesita de un movimiento constante de bienes y servicios y de un crecimiento sostenido. Si no, no funciona, entra en crisis y se producen estancamientos y recesiones. Y en esta situación que padecemos el sistema productivo se ha paralizado en una parte importantísima durante más de dos meses. Ergo, la crisis y la recesión están servidas.

 

Pero hay algo que me escama, y mucho. La imagen especular de la economía es el dinero. Y no me refiero al dinero ficticio, al especulativo, a ese que se gana o se pierde, por ejemplo, con la subida o la bajada de la bolsa, y que en realidad no existe salvo para quienes recojan beneficios. Me refiero al de verdad, al que existe en bancos y bolsillos, al que tienen en sus manos o en sus cuentas ciudadanos, empresas y estados. Y el dinero real no desaparece, no se destruye, nadie lo quema ni lo borra electrónicamente. Ese es el dinero que en realidad hace funcionar las economías. Entonces, si no desaparece ni se destruye, ¿dónde está? ¿Y por qué no se pone a circular de inmediato para reactivar la economía?

 

No tengo respuesta exacta para esta pregunta, aunque intuyo una posible. Porque creo que el dinero está ahí, sí, pero en muy pocas manos. Y la economía capitalista no tiene en cuenta nunca el interés general, sino solo el particular. Así que quienes tienen el dinero, quienes lo acaparan y almacenan, no lo mueven o por miedo a perderlo o por falta de interés. Aunque muchísimos otros se encuentren en la miseria o al borde de ella y solo puedan remontar si la economía retoma su velocidad de crucero.

 

Y la segunda cuestión que nos dejaba perplejos era la del grito de socorro de todos al estado. Y cuando digo todos quiero decir precisamente eso: todos. Trabajadores, empresarios, ricos y pobres, asociaciones, particulares, todos piden la intervención del estado para salvarse de la quema, del desastre. Algo que es absolutamente normal, ya que cuando las cosas van bien nadie se acuerda del bien común y de su, en teoría, garante. Pero eso sí, cuando van mal todo el mundo mira hacia arriba, hacia papá estado.

 

Pero lo que sí que es curioso es que quienes han hecho lo indecible por desmantelar el estado, quienes han privatizado todo lo privatizable del mismo, quienes han bajado impuestos a los que más tienen y se los han subido a los que menos, quienes han pretendido reducir el estado a la mínima expresión aunque siempre aprovechándose de él, todos ellos sean quienes ahora claman por la intervención del estado. Y para más inri, al mismo tiempo prometan bajadas de impuestos inmediatas a sus crédulos seguidores.

 

Uno más uno son dos. Dos más dos son cuatro, aunque algunos afirmaban que serían cinco si Hitler así lo quería. Pero por mucho que un dictador asesino así lo desee, dos más dos son y serán siempre cuatro. Las matemáticas, para decepción de algunos, se llaman por algo ciencias exactas. Y se ven complementadas por muchos dichos populares, como el que reza que “de donde no hay, no se puede sacar”. Es decir, que si tienes cinco manzanas y le restas seis, no puedes tener -1 manzanas. Y estos teoremas y dichos son los que impiden que un estado que lleva años siendo desmantelado pueda ahora responder, aunque sea mínimamente, a las peticiones de ayuda de todos los sectores de la economía y de la sociedad españolas. Incluso al hacer frente a la pandemia el sistema ha estado a punto de implosionar, dado el drenaje de recursos que se ha hecho en la última década desde la sanidad pública (la que básicamente ha hecho frente a la situación) a la privada (que apenas ha colaborado). No hay recursos, eso está claro. Hay que obtenerlos como sea, pero los de siempre se niegan a oír hablar siquiera de un aumento de impuestos, aludiendo a que las familias españolas ya tiene demasiados.

 

Tienen razón en parte: la mayoría de las familias españolas soportan ya demasiados impuestos. Lo malo es que una minoría, la que concentra en sus manos la mayor parte de la riqueza, apenas paga impuestos. Ni ella ni las grandes multinacionales de nuestro país. Y es a estos pocos privilegiados a quienes se le subirían los impuestos, porque son los únicos que pueden aportar realmente una parte de un capital que solo ellos poseen. Pero claro, quienes protestan contra estas hipotéticas subidas, contra este rearme del estado, son precisamente los que defienden en exclusiva (aunque lo adornen con expresiones referentes a los españoles y con banderas, muchísimas banderas) los intereses de quienes más tienen.

 

Y entonces, ¿de dónde proponen quienes se niegan al aumento de impuestos sacar los fondos para acudir en ayuda de la maltrecha economía española? ¿Del endeudamiento del país, aunque ya sabemos quiénes van a pagar esas deudas? ¿De la subida de impuestos indirectos, esos que pagan básicamente los pobres? ¿De algún milagro que esperan sin que los demás tengamos noticias de ello? Para gastar hay que tener dinero, y si no se tiene no se puede gastar. Si no se invierte la economía no podrá despegar, ni siquiera para ayudar a quienes más tienen. Es una pescadilla que se muerde la cola, un círculo vicioso que no se puede romper salvo con inversión que produzca una mayor actividad económica y una mayor recaudación para invertir aún más.

 

Pues eso. No comprendo yo ciertos misterios de la economía que, seguro, algunos de esos que tanto hablan comprenden aún menos que yo. Por favor, que alguien que sepa me ilumine.

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