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Domingo, 25 de Octubre del 2020
Sábado, 18 Abril 2020

Miserables

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

La especie humana es así: capaz de lo mejor pero también, y demasiado a menudo, de lo peor.

Estamos empezando a conocer casos, cada vez más numerosos, de personas que reciben de sus vecinos anónimos amenazantes para que se vayan de sus hogares. El “pecado” de estas personas no es otro que realizar su trabajo de cara al público o en contacto con ciertos colectivos.

 

¿Y qué trabajo es este? Pues por ejemplo, cajera en un supermercado. O enfermero. O doctora. O limpiadora. O alguna de esas profesiones que son ahora mismo indispensables para que el resto de la población pueda, lisa y llanamente, sobrevivir. A estas personas, que la gran mayoría consideramos como héroes, hay quienes las quieren lejos porque temen que les contagien el Covid-19. Aunque ni siquiera tengan contacto visual, y mucho menos físico, con ellas.

 

Vamos a ver, miserables, porque no merecéis otro adjetivo. Vosotros y vosotras os atrevéis a pedir de forma anónima y cobarde a otros que se vayan de su casa. Os atrevéis a exigir esto a quienes, las más de las veces por un sueldo tan miserable como vosotros, ponen en riesgo su propia salud para atender a los demás. A quienes intentan que vosotros tengáis todo lo que os hace falta mientras permanecéis tranquilamente confinados en vuestra madriguera. A quienes, si caéis enfermos, os cuidarán y tratarán. Aunque no lo merezcáis, en vista de lo insolidarios, mezquinos y egoístas que sois.

 

Debo ser un poco corto de entendederas, pero me es imposible comprender como puede existir gente de esta ralea. Y si los insultados y amenazados responden y van, como han hecho algunos, casa por casa pidiendo explicaciones a sus vecinos, resulta que nadie, absolutamente nadie, reconoce su cobardía y su miseria moral. Que yo sepa las hojas pegadas en las puertas pidiendo el exilio del vecino por peligroso no se escriben solas. Ni tampoco las pintadas insultantes, incluso en los coches de algunos de los agredidos. Porque se trata de una agresión en toda regla a la dignidad de quienes están realizando hoy en día el mayor de los sacrificios.

 

Entiendo que no es esto algo habitual. O quiero entenderlo así. Porque el hecho es que estas exigencias y amenazas vienen produciéndose desde hace tiempo, y no ha sido hasta que la primera de ellas se ha hecho pública que se han conocido muchas otras ocurridas por todo el país. Y seguro que habrá muchas que no se harán públicas. E incluso bastantes casos acabarán con el destierro del amenazado, algo imposible de comprender, al igual que el hecho de que alguien pueda plantear estas exigencias y amenazas.

 

Y puestos a pensar, esta miseria moral no me parece tan extraña. Porque el caso es que en nuestra sociedad capitalista occidental se está perdiendo (si no se ha perdido ya) la preocupación por el bien común, por el interés general. Lo primero es uno mismo/a, lo demás es accesorio. Los míos, mi familia y mis amigos, forman el segundo círculo de interés. El resto del mundo no cuenta. Como si no existiese. Son prescindibles, no son personas, aunque en realidad dependamos de ellas, aunque realmente nos sean imprescindibles. Pero somos tan obtusos, tan miserables, que nuestro egoísmo nos hace daño a nosotros mismos. Y viendo lo que estamos viendo, tengo la impresión de que esta forma de ser y actuar se extiende cada día más entre nosotros. Lo cual es suicida, ya que maltratamos a quienes nos ayudan y finalmente recibiremos la recompensa a nuestros actos.

 

En fin, me cuesta mantener la calma ante actitudes de este tipo. Pero hay consuelo: el de los miles, los millones de hombres y mujeres que sí son solidarios, que respetan y admiran el trabajo de estas personas que nos permiten a los demás seguir disfrutando de nuestras vidas, de nuestra salud, de nuestro futuro. Y estoy convencido de que somos muchos más los que pensamos así que aquellos que ni siquiera son capaces de ver la punta de su propia nariz y cuya miseria y cobardía los llevan a cometer actos tan repugnantes como los que hemos comentado.

 

Sólo me queda desear a esta gente que prueben su propia medicina. Que la experiencia es la madre de la ciencia y no hay mejor forma de aprender que experimentando por sí mismo. Justicia poética; creo que así la llaman.

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