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Domingo, 23 de Setiembre del 2018
Sábado, 21 Abril 2018

ETA se despide incapaz de asumir su responsabilidad

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Tino Mulas Tino Mulas

CLR/Tino Mulas.

Acaba de hacerse público un comunicado de ETA en el que, por primera vez, podemos encontrar una autocrítica expresa a su propia acción terrorista. No total, ni mucho menos; esa creo que no llegará nunca. Pero sí marcadamente diferente de todas aquellas tímidas disculpas cargadas de razones que habíamos visto hasta ahora. Aunque insuficiente.

ETA habla de sufrimiento y lo retrotrae a una época tan lejana como la Guerra Civil y a un hecho tan individualizado como el bombardeo de Guernica en 1937. Hace nada menos que 81 años que, según ETA, comenzó el conflicto. Un análisis simplista como pocos; pero es que ETA era una organización con una muy simplista visión del mundo y de la historia: conseguir sus objetivos al precio que fuese, sin consideración de víctimas y damnificados y sin importar un bledo la justicia de sus deseos o cuánta gente los compartiese. Lo demás, o no existía o no debía existir.

 

Hablo en pasado de ETA porque ETA lleva mucho tiempo muerta; o al menos en coma irreversible. La propia ETA se infectó a sí misma del mal de casi todas las bandas terroristas, a saber: cuando me enfrento a un estado sólido y plenamente constituido mi derrota es prácticamente segura, y para intentar evitarlo aumentaré la violencia y la crueldad de mis acciones, dado que el enemigo, los txakurras (perros), no son para mí personas ni merecen vivir. Para una ideología tan simplista como suele serlo el nacionalismo radical el análisis de la realidad o no existe o se inventa, por lo que los estrategas de estas organizaciones terroristas no se enteran de que cuanto más salvaje y cruel es su actuación más rechazo suscitan, incluso entre sus propias filas. Y ni siquiera se dan cuenta (tal es la ceguera propia de su ideología) que la dictadura contra la que dicen luchar es poco menos que un paraíso comparada con la que ellos mismos imponen. Porque eso es lo que hizo ETA: crear una dictadura basada en el terror, en la amenaza, en el acoso, en el silencio cómplice de algunos o amedrentado de otros, una dictadura feroz en la que los delatores al más puro estilo nazi o estalinista vigilaban los bares y las calles, los cines y las empresas, los colegios y las iglesias, a la búsqueda de quien objetara algo contra el estado de cosas imperante: es decir, contra ellos.

 

Eso es lo que ha significado ETA: una pesadilla, una banda de nazis a los que se les había enseñado a odiar, sólo a odiar, únicamente a odiar, al diferente, en nombre de una idea delirante que no sólo se basaba en la consecución de la independencia de Euskadi, sino en su conversión en un estado al más puro estilo de Corea del Norte. Incapaz de transformar la realidad, negándola incluso, sólo evolucionó en función del grado de derrota que sufría y desde luego casi nunca de forma razonable. Y cuando la derrota se hizo ya evidente, cuando comando tras comando caía en manos de las fuerzas de seguridad sin haber podido incluso atentar ni una sola vez, cuando la banda estaba ya completamente infiltrada por la policía, cuando el pueblo, el verdadero pueblo, rechazaba ya sin miedo los delirios de estos autoproclamados “libertadores de la patria”; sólo entonces fue cuando ETA decidió dejar las armas e intentó que la gente creyese que se trataba de una decisión libre y soberana, que la banda buscaba verdaderamente la paz. Pero se trataba de la paz del cementerio, aquel en el que estaba el cadáver de la propia ETA; porque ETA estaba acabada, y este era el único motivo de que abandonase la lucha armada.

 

ETA ha matado a casi 900 personas. Ese es el legado de aquellos que se autodenominaron “lo mejor de la juventud vasca”: cientos de muertos, silencio forzado por el terror, emigración de los perseguidos, freno al desarrollo económico. He oído a muchos vascos, pero vascos vascos, de los que llevan txapela hasta para dormir y son del PNV de toda la vida, les he oído decir cuando ETA aún tenía fuerza que sin ETA esto (Euskadi) sería el paraíso. Y tenían razón. Una vez desaparecida ETA, aunque el cadáver se empeñe aún en decir que está vivo, el País Vasco es poco menos que el mejor de los mundos, hasta el punto de que el legado postrero del terror se plasma en el porcentaje de independentismo más bajo desde que hay registros. Al tiempo que la reconciliación y el respeto avanzan con pasos lentos, pero seguros.

 

Pero ni aún en la derrota total es ETA capaz de reconocer por completo sus errores. Sigue considerando a sus pretendidos enemigos (desde el humilde concejal de un pequeño pueblo al político de alto nivel, desde el cocinero de un comedor de la marina hasta el periodista que denuncia sus salvajadas) como txakurras, perros indignos que no tienen la calidad de seres humanos, sino de entes que hay que eliminar y, por supuesto, a los que jamás pedir perdón. Sigue, por tanto, en sus trece; no ha aprendido que la vida humana es sagrada, que la libertad es sagrada, que la dignidad es sagrada, incluso la suya propia. Que todos tenemos derecho a pensar como deseemos, y nadie lo tiene a imponer a otros su forma de pensar.

 

Por consiguiente, al cadáver que desde hace años es ETA sólo le resta una cosa: darse cuenta de que ha muerto y desaparecer en la bruma de los tiempos para bien no sólo de sus “enemigos”, sino sobre todo de su propio pueblo.

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