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Viernes, 24 de Noviembre del 2017
Sábado, 11 Noviembre 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Me pido pa mi este coquetón chalé en to lo alto del monte

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Hace ya unos cuantos años, por lo menos cuatro o cinco, que en el despoblado islámico de Medina Siyasa, allá en la parte trasera del cerro del Castillo, ha florecido una insólita excrecencia que nada tiene que ver con el fenómeno de la floración; se trata de una anacrónica construcción, que choca de manera ruidosa, estrepitosa y antiestética con el contexto natural, espacial y urbano del lugar, y que parece postularse como reconstrucción fiel (según dicen) de una de las casas en las que vivieron sus habitantes cuando el despoblado aún no lo era, es decir, cuando no era despoblado sino poblado habitado por moros…y por moras, que vivían allí, al filo del abismo, y que allí morían, acostados de lado, mirando siempre al Este, hacia la Meca.

Por entonces se ve que se llevaban más las alturas y menos los valles. Ahora no, ahora los habitantes del valle, o sea, nosotros los ciezanos y ciezanas de Cieza la desdichada (Medina Siyasa sigue siendo despoblado), buscamos las alturas para respirar medianamente bien y salir de los fétidos y tóxicos valles del humo en los que tantas veces la agricultura intensiva, extensiva y quizá también abusiva, está convirtiendo el espacio en que vivimos. El monte es una de las pocas alternativas de escape para las castigadas vías respiratorias de la población local contemporánea. Por eso –si el chaletito estuviera disponible por un módico precio- les confieso que me gustaría irme a vivir allí. El enclave y las vistas son excepcionales. La tranquilidad, garantizada. Un pajarito me dijo cuando se construyó, e incluso creo que la cifra llegó a publicarse, que había costado alrededor de 250.000 euros, o sea, algo más de 40 millones de las antiquísimas pesetas que no volverán porque volver sólo vuelven las oscuras golondrinas, y hasta la fecha no parece que el invento haya reportado muchos dividendos al erario público ni que haya contribuido a poner en valor de manera significativa una excavación que unos cuantos pensamos lo que ya pensábamos desde hace bastante tiempo: que habría sido mejor seguirla dejando enterrada, como la del disparatado arrabal de Murcia que aún sigue con sus cuatro cartelones decorativos tapando uno más de los derroches del languideciente imperio Valcárcel.

 

En los últimos cinco años saben ustedes también, porque yo se lo he contado puntualmente, como se lo cuento todo (no haría falta repetirles aquello de que “la vida –mi vida- es un cuento –en fascículos semanales, por cierto- contado por un idiota –yo mismo, que soy idiota porque soy de aquí- lleno de estrépito y furia, sin ningún significado”, saben ustedes –decía- que he desenvuelto buena parte de mi vida activa por derroteros y caminos atalayeros, ribereños del Segura, cajitanescos de Cieza, Mula o Ricote. Un día, en lo más crudo del crudo invierno de la crisis, cuando las grúas de construcción habían desaparecido prácticamente del entorno urbano, vi inesperadamente levantarse una en un entorno rural, en la Atalaya, precisamente en la ladera del cerro del castillo donde se ubica la parte excavada de la antigua Siyasa. Al poco empezó a tomar forma la, en mi opinión, estrafalaria y peregrina construcción a la que hoy me refiero. Al principio, allá por el año 2014 o 2015, he de decir que me sorprendió la iniciativa y pensé que en el Ayuntamiento se habían decidido de una vez a poner en valor el yacimiento y a convertir Medina Siyasa en la Alhambra ciezana. Nada más lejos de la realidad, pues han pasado todos esos años y la urbanización no ha crecido. Por entonces presidía el Ayuntamiento de Cieza uno de los últimos alcaldes sempiternos, Antonio Tamayo, que tenía por mano derecha y cabeza pensante a una joven política conservadora y lúcida, María José García Parra, cuyo gran potencial político ha dilapidado el Partido Popular ciezano de manera prematura, estúpida y mojigata. A ella también le pregunté por el chaletito de marras, así como a un experto conocedor de los avatares por los que ha pasado la excavación: el arqueólogo y director vitalicio del Museo Siyasa, Joaquín Salmerón Juan, detentador del poder que reside en las llaves, como bien sabido es, que se expresó en términos de no excesivo entusiasmo sobre la casa-chaletito levantada entre los muros y cimientos de las ruinas excavadas, aunque tampoco censuró la iniciativa. Sus respuestas, entre sonrisas más o menos irónicas, me reafirmaron en la impresión de que se habían gastado unas decenas de miles de euros simplemente porque alguna administración despistada había habilitado la partida presupuestaria para ello con algún remanente de tesorería o sobrante inesperado, y allá que se instaló la grúa (que estuvo durante años, por cierto) y se levantó el blanco y solitario casón o caserío, que –reitero- no me importaría ocupar cual solitario ermitaño, dejando el smog abajo y alimentando mi mente con la contemplación constante del frondoso valle de Ricote, en la sola compañía del cementerio moro y la paz de sus sepulturas al amoroso abrigo simplemente de la madre tierra, en la escucha permanente de la primigenia canción del viento entre los árboles. Amigos y vecinos caminantes de atalayeros senderos pasarían cada mañana a saludarme y a interesarse por mi maltrecha salud. De vez en cuando llamaría también a la puerta, o pasaría sin llamar, algún que otro espectro amigo, de tránsito reciente –pasa, pasa Manolo, pasa José Carlos, pasa Eduardo, pasa Jesús Alejandro, mientras surcan el límpido cielo de la matinada tres densas estelas de aviones de reacción…

 

¡Ah!, decirles que esta semana, en el parte de guerra de mi lucha por seguir vivo, les diré que cuando cierro este artículo, aún no me ha pasado nada, y que la salud, en tortuosa, lenta y difícil recuperación, aguanta más o menos bien, gracias… No se preocupen, que les seguiré teniendo informados. Con decirles que algún periodista local, con algo de retranca y buena dosis de mala baba, me ha dicho más de una vez que deje escrito mi propio obituario para cuando, por fin, llegue la ocasión. Que me lo guardan en depósito –me dice- para gustosamente publicarlo, con mucho sentimiento, eso sí, en el momento en que definitivamente cierre el pico. Y no se crean ustedes, que me lo estoy pensando…

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