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Domingo, 25 de Octubre del 2020
Sábado, 28 Marzo 2020

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. La cuarentena

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Encierro y entierro es paronomasia en la que se aproximan el son y el sentido, significante y significado; y en esas estamos, encerrados-enterrados en vida, que suelen ser situaciones muy potentes e inspiradoras desde el punto de vista creativo, recreador y recreativo, meditabundo y meditativo.

Si no, fíjense: de un encierro surgió el Decamerón de Boccaccio; de otro, el “Frankenstein” de Mary B. Shelley; de otro, en la Moncloa, el Frankenstein II, la película de terror codirigida por Pedro y Pablo, que ya empieza a tener demasiados daños colaterales en forma de muertos hasta sin enterramiento disponible. Hoy, mi perruno y guasapero contertulio, el buen Cipión, que está inspirado (porque la desgracia inspira), nos regala varios cuentecillos desde su obligado encierro por una insólita cuarentena que en gran medida coincide con la penitencial cuaresma, que yo siempre asocié, por cierto, y ello por mis desgraciadas experiencias de internado, con el color morado, ¡qué casualidad! De esos polvos han venido estos lodos, que no sé si nos pillan bien pertrechados y con capacidad de aguante y sufrimiento suficientes para soportar no ya la que se avecina, sino la que se nos viene encima, además de la que ya tenemos. Cuenta, cuenta… amigo Cipión, que la literatura, más aún en tiempos oscuros, siempre encuentra sus veredas y caminos para aliviar el dolor siquiera sea intensificándolo:

 

El Dionisio estaba muy jodido. Había intentado dejarse caer, como cada día, por la vereda del río, pero esa tarde una patrulla de picoletos le había dado el alto. No supo qué decirles cuando lo vieron encaminarse al frondoso cañaveral que crecía salvaje en ambas orillas del río. Les aseguró que tenía unas tierras por allí, pero le dijeron que mientras no lo acreditara mediante algún documento tenía que estar confinado, como el resto. Había tenido que refugiarse de nuevo en casa con su parienta, a la que no podía ver ni en pintura desde hacía años. La piromanía era su evasión cada tarde. La puta reclusión le había hecho polvo. Había que joderse. Y es que lo suyo era tan adictivo como los porros que se pitaba. Había comenzado de adolescente prendiendo los contenedores de la basura cuando de madrugada cerraban la discoteca, continuó con una vieja nave abandonada y ahora le fascinaba ver las llamas del fuego lamiendo las cañas del río. Cuando pasara el estado de alarma que habían decretado por el puto virus ese iría a por algo grande, quizá la casa del vecino, ese hijo de la gran puta al que se la tenía jurada desde que lo dejó en ridículo en el bar, delante de todos, cuando le sacó los colores al acertar la alineación del Madrid de la temporada del 80. No cayó en incluir al Poli Rincón. Cuando pasara esta puta cuarentena se iba a enterar.

 

Benito estaba hecho polvo. Desde la muerte de su esposa no tenía más ilusión en su vida que ellas. Su única razón de ser estaba en la Plaza Mayor. A eso de las nueve de la mañana se surtía de un arsenal de migas de pan y granos de avena. Sabía reconocerlas y lo que les gustaba. Había una caprichosa, la verdirroja, que pasaba olímpicamente de lo que comían las demás. Tenía su refugio en el hueco que dejaba la hornacina que presidía uno de los obispos de piedra que adornaban la fachada de la Basílica. Un día descubrió que le encantaba el huevo cocido. Así que cada mañana hervía pacientemente dos para su paloma preferida. Pero el tiempo se había detenido hacía un mes. No se podía salir a la calle a pasear y menos a la desolada Plaza Mayor a dar de comer a las palomas ¿Qué sería ahora de ellas? Una mañana, los empleados municipales recogieron varios ejemplares exánimes sobre el empedrado. Estaban escuálidas por falta de comida. Una de las que metió en una bolsa de basura para enterrarlas tenía un bonito color verdirrojo. Benito, recluido en casa y roto de dolor por no saber de sus palomas, se apagaba lentamente con esta maldita cuarentena.

 

Alguien había dicho haberlas visto salir del agua y cruzar la carretera, incluso una de ellas apareció un día muerta, atropellada por la noche por un turismo. Pero su huidiza presencia le impedía ser vista por ojos humanos. El incendio forestal del año anterior en el Cañón de Almadenes, su hábitat natural, la había obligado a dejarse caer aguas abajo, hasta llegar a zona urbana, dominada por los peligrosos humanos, del Paseo Ribereño. Las nutrias, al igual que las abubillas y los ruiseñores, eran animales muy esquivos. Pero desde hacía un mes largo no se veía a ningún humano deambular por allí. Pareciera como si hubiera desaparecido de la faz de la tierra la especie invasora por excelencia. Eso le dio suficiente confianza para corretear abiertamente con sus crías por el Molino de Teodoro, subir por la Cuesta de las Cabras y zambullirse en la Acequia de la Andelma, donde había establecido su nido de crías en una oquedad. La cuarentena impuesta a los humanos había sido una bendición para las nutrias.

 

Johnny estaba que trinaba. Un mes sin mover pesas era una maldición que sólo reservaba a sus enemigos. Como buen adictivo vigoréxico no podía pasar sin sus tres entrenamientos diarios en el gimnasio, ahora clausurado. Incluso tenía problemas para adquirir en el abarrotado súper su peculiar alimentación basada en el arroz blanco, pollo y claras de huevo a diario y a manta, y eso sin obviar la munición de gran calibre que le daba el puntazo: los anabolizantes. Se había desfigurado tanto desarrollando su musculatura que no terminaba de verse bien nunca, siempre obsesionado por ese músculo que nunca daba la cara, por muchas series y repeticiones que hiciera con los hierros. La puta cuarentena le había hecho perder toda la masa muscular que había conseguido durante años con tanto esfuerzo, y cuando se miraba al espejo parecía un adefesio. Estaba entrando de nuevo en la puta depresión que de niño pilló cuando le llamaban en el colegio…gordito.

 

La cuarentena había cambiado muchos hábitos humanos. La gente se había ido acostumbrando a que el fútbol no fuera todo en la vida. El teletrabajo había abierto una nueva e interesante puerta laboral a aquellos empresarios que habían basado toda la productividad de sus empleados en la mera presencialidad. Veían que sus administrativos cumplían sus objetivos con mucha más diligencia que en la oficina. Muchos habían superado la dura prueba que suponía estar día y noche con su mujer e hijos enclaustrados, y hasta habían aprendido a jugar con ellos.

 

Las únicas relaciones sociales que los humanos habían establecido entre ellos en esta larga cuarentena eran el momento del día en que se miraban unos a otros desde los balcones y ventanas de sus casas y, aplaudiendo entusiasmados, lanzaban vivas a los médicos y enfermeros que estaban luchando en los hospitales por curar a los más graves de la pandemia de coronavirus. Hasta que los chinos se sacaran de la chistera el remedio o vacuna contra el bicho invasor que ellos mismos habían exportado al mundo y que amenazaba con cargarse a la peña lenta y dolorosamente cortándoles el resuello, tenían que seguir en casa el largo, penoso y desesperante periodo de aislamiento social impuesto por la cuarentena.

 

Querido Cipión, te he leído atentamente y te he permitido tan larga parrafada sin cortarte, porque te he percibido preocupado, inspirado y sensible e incluso, a ratos, feliz, ante una situación que no tendrá salida gozosa y duradera a menos que medie catarsis individual y colectiva, que, empezando por los dirigentes mundiales, (que, si son así de cortitos y no hacen otra cosa, al menos, digo yo, deberían dar ejemplo) permita que se replantee la política y la vida misma desde otros valores, principios y expectativas: ni particularismos exclusivistas, ni egoísmos insolidarios, ni banderas o estandartes con barras y estrellitas, ni rojigualdas o tricolores, ni barras y estrellas, ni Norteamérica ni África primero, ni esteladas o ikurriñas, ni arco iris tan siquiera, sino la bandera blanca y única de la rendición contrita del pobrecito ser humano que -frágil y desnudo- es, y debe ser, idéntico a sí mismo urbi et orbe. Estelas sí, pero en la mar…de hacer camino, de abrir surco, de roturar el futuro, de dejar hueco para la esperanza en el humano corazón acongojado.

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