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Sabado, 27 de Mayo del 2017
Viernes, 12 Mayo 2017

El Viaje (Final) a Ninguna Parte. Faltó el “canto un duro” (y II)

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Recio acero ciezano-toledano en rubia birra forjado Recio acero ciezano-toledano en rubia birra forjado

CLR/Bartolomé Marcos.

Dichoso el árbol que es apenas sensitivo Y más la piedra dura porque esa ya no siente Que no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo Ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Muchas veces, desde hace bastantes años, me he sentido identificado con el mensaje y sentido último de estos versos del tantas veces declamatorio, altisonante, vocinglero y estridente poeta nicaragüense Rubén Darío, con su morriñosa melancolía, su almibarada y balsámica cadencia y su existencial y quizá algo impostado pesimismo. Pero en esos versos acertó.

 

Hace apenas tres semanas, la presentación en la Feria del Libro de Cieza del poemario “Aguas arriba de mi madre”, de mi antiguo alumno y feliz realidad literaria española actual, Federico de Arce Ramos, me llevó a escribir un artículo titulado Soy un árbol. Soy un pájaro. Soy un hombre. Pues bien, Federico, está claro clarísimo que, visto lo visto, no soy ni lo primero ni lo segundo y que, en este frío y duro descansillo de basalto en el que brutalmente ha aterrizado mi cuerpo “apalizado” y sufriente, sólo soy, si acaso, un hombre (venido a menos), de cuerpo roto y mente lúcida y consciente (la gran pesadumbre) que la ha cagado bien cagada. Mucho y bien cagada.

 

En el tiempo que permanecí allí, tirado en el suelo, incapaz de encontrar la manera de ponerme de pie, incapaz de teclear en el móvil un número al que pedir socorro, sólo pude constatar mi estado de absoluta fragilidad y precariedad, al tiempo que, dado el sitio en el que había sucedido el percance, un espacio público con frecuente trasiego de personal, comprendí que algún buen samaritano o samaritana acabaría por llegar más pronto que tarde. En aquel infinitamente breve y eterno lapso de tiempo, vinieron a mi mente otros versos, en este caso del menor de los Machado, Manuel, que dicen así: Para mi pobre cuerpo dolorido, /para mi triste alma lacerada, / para mi yerto corazón herido, /para mi amarga vida fatigada.../¡el mar amado, el mar apetecido, /el mar, el mar y no pensar en nada!.../ Y es que, ¡habría sido tan fácil dejarse arrebatar, dejarse ir, dejarse llevar! Pero no.

 

Pronto los buenos samaritanos llegaron a mi altura. Por sus caras de susto, deduje la sorpresa y hasta el pasmo que la escena que se encontraban de súbito suponía para ellos. Los conocía: eran la esposa y algún hijo de otro querido antiguo alumno (ya habrán comprobado que son legión) Diego Martínez, gerente de la Academia DIMAR de la calle Padre Salmerón frente al aula de cultura de CajaMurcia. Allí pudieron ver al antiguo profesor como tragicómico Licenciado Vidriera tirado en el suelo, añoso y (lo que era peor) hecho añicos. Cogí con mi mano izquierda la derecha percibiendo sólo un ominoso vacío entre codo y hombro, como si esa parte, la correspondiente al húmero derecho, hubiera desaparecido de mi anatomía. Compuse como pude mi maltrecha figura y, sorprendentemente sin un atisbo de dolor (el putañero vendría después sin ser invitado), nos encaminamos hacia mi casa en el Paseo, ya saben, ese espacio urbano habitualmente tan concurrido, tan comido, tan bebido, tan multado. Vamos, ideal para vivir. Subí las escaleras por mi pie, advirtiendo previamente a Merche (que tenía la puerta de casa abierta) de que no se preocupara en exceso, aunque la cosa era jodida y desde luego entiendo que una fuerte reconvención por su parte habría estado más que justificada. Me la ahorró, sin embargo, y es que las mujeres siempre saben estar en su sitio.

 

En el Hospital La Vega, de mis dos ángeles de la guarda, Pilar y Daniel Lucas, estaba de guardia el segundo, sin que ello implique secundaria jerarquía. Bastó para transmitirnos la sensación de que estábamos en buenas manos. Daniel Lucas, mi ángel de la guarda en guardia y vigilia permanente, lo dispuso todo para que me operaran al día siguiente mismo, domingo, en el que fue sin duda –a pesar de mis miedos iniciales a perder la consciencia- el tiempo más feliz de esta segunda y traumática experiencia en menos de un año. Nunca en la vida, hasta ahora, se me había roto un hueso. Nunca en la vida, hasta ahora, me habían operado con anestesia total, y he de decir que fue una experiencia feliz y placentera en la que me reencontré con el mar de Machado- “el mar, el mar, y no pensar en nada”. Viajé, Federico…aguas arriba de mi madre…y no sentí nada. Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo/ y más la piedra dura…/ Salir de la mesa de operaciones me reintegraría al territorio del dolor…en el que sigo…¡y es que tengo un brazo roto reducido en osteosíntesis por el cirujano con placa y 16 tornillos!

 

Mientras, Francis Santos y Federico de Arce, excolega y antiguo alumno, respectivamente (ya sólo amigos ambos, frágil y sensitivo gigante de los pies de barro el primero; formidable gigante chino de terracota el segundo), disfrutaban, cual goliardescos clérigos vividores, de un largo puente y fin de semana de lujo en la imperial Toledo, donde vive y trabaja Federico y me mandaban fotos por guasaps que contaban mucho menos de lo que yo deducía, conociéndolos, sobre lo bien que se lo estaban pasando.

 

Las experiencias siempre están ahí para aprender de ellas y hay que contarlas. Pero, ¡por Dios Santo! ¡basta ya! ¡Paren un poco! Dejen de disparar sobre el pianista...

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