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Domingo, 25 de Octubre del 2020
Sábado, 04 Abril 2020

El Viaje a Ninguna Parte. La libertad (I)

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Nací el 15 de Mayo de 1951, San Isidro Labrador (y siempre he sido un poco “isidro”, incauto y paleto en la vida). Cuando el dictador, Franco, se murió, el 20 de Noviembre de 1975, yo había cumplido los 25 años primeros de mi vida y viví bajo la oprobiosa un cuarto de siglo nada menos.

Nunca, nadie, me prohibió salir a la calle, o ir a Abarán, a Murcia, a la playa, a Madrid, o a París, incluso… Jamás sufrí privación tan radical y rigurosa del bien preciado de la libertad como la que me confina en arresto domiciliario en este Marzo-Abril infausto de 2020 que estamos padeciendo y sobre la que hoy -y la semana que viene- voy a dejar disertar de corrido y sin interrupciones a un inspiradisimo Cipion el escéptico, que está, literalmente, “sembrao”…Véanlo:

 

"La libertad ha sido a menudo una de las víctimas de las pandemias", afirma Frank Snowden, profesor emérito de historia de la medicina de la Universidad de Yale. En la guerra, los militares siempre buscan las mejores estrategias para mermar los recursos materiales y humanos del enemigo. Resulta cuando menos curioso el paralelismo que existe con las pandemias, especialmente aquellas que arrancan de la mano del ser humano. Desde las víboras de las que Aníbal se valía para catapultarlas contra las naves de Pérgamo, pasando por las bombas de arcilla repletas de escorpiones, chinches y avispas con que los habitantes de Hatra recibieron a los legionarios romanos, hasta el empleo de carroña infecta para propagar la pestilencia en las guerras en la antigua Grecia, es un hecho incuestionable que el ser humano se ha dotado de esta arma de destrucción masiva para combatir a sus oponentes y, en consecuencia, los estados tienen hoy día armas biológicas dispuestas para ser usadas en una batalla no convencional, como las modernas guerras comerciales de ahora. Si se sabe hacer bien, el muerto se le puede cargar a un murciélago o a un pangolín, en definitiva, a los ciegos designios con que la Madre Naturaleza, sabia donde las haya, nos obsequia cada cierto tiempo a los prepotentes humanos. Si algún estado hiciera esto adrede, cuando todos los infectados tuvieran perentorias necesidades sanitarias y económicas, podría convertirse en el benefactor y prestamista, máxime si ha dado ejemplo al mundo de ello demostrando controlar una desconocida epidemia en su propio territorio de manera eficaz y rápida. Claro que si, además, este feo asunto proviniera de China, pues apaga y vámonos. No creo que a nadie le quepa duda alguna de que si un estado ha sido capaz de matar a 78 millones de sus ciudadanos para poner orden, no dudaría lo más mínimo en sacrificar a unos miles por un motivo de estado, o de partido más bien, que es allí el que parte el bacalao. Dice el prestigioso cirujano español Pedro Cavadas que desconfiemos de las cifras e imágenes que provengan de China, opinión valiente y sorprendente por la mera razón de tener él mismo dos hijas chinas. Al inicio de su peculiar epidemia, China acabó con todas las existencias de material sanitario en Europa (que solidariamente fueron vendidas a bajo precio a los "pobres" chinos), las mismas que ahora demanda el Viejo Continente a China, pero encarecidas, por eso de la oferta y la demanda, y, además, soltando la pasta por adelantado. Los militares chinos (quiénes iban a ser si no), que al parecer conocen bien a este bicho, también han puesto en marcha una vacuna que van a comercializar al mundo cuando la pandemia esté en toda su salsa, con unos beneficios que se me antojan incalculables…

 

Un ataque biológico no tiene las características devastadoras de un ataque mecánico convencional: posee la particularidad de que el campo de batalla se traslada más allá de la retaguardia de una hipotética línea del frente, llegando de lleno hasta la población civil, donde se infunde el pánico, se imponen medidas de cuarentena para impedir la propagación del patógeno y se consigue el colapso sanitario y la parálisis de la economía del país. Lo demás viene en cascada.

 

No debería nadie sentirse ofendido si se llama a esta pandemia el "virus de China", habiendo como hay certidumbre total sobre su origen; y digo esto porque, sin comerlo ni beberlo, de sobra es conocido el sambenito que nos cargaron ingleses y americanos durante la epidemia que se desató en el mundo, en 1918, durante la Primera Guerra Mundial, y cuyo origen estuvo en un recóndito cuartel militar estadounidense de Kansas. Los soldados que venían al Viejo Continente la exportaron a todo el planeta. Como España había permanecido neutral no tenía la restricción informativa de los países combatientes, con lo que informaba puntualmente del número de muertos que causaba en nuestro país, por lo que los astutos americanos soltaron la perla de que el brote se había producido aquí, aunque, a sabiendas, llevaban meses teniendo muertos por un tubo allí e infectados que mandaban alegremente al frente europeo. Esta fue una de las razones más desconocidas y poderosas de que Alemania perdiera la guerra, pues los prisioneros aliados infectaron a mansalva a los futuros arios alemanes. Esta pandemia, a diferencia de la que estos días nos ocupa, mataba especialmente a jóvenes saludables, curiosamente los que mandaban masivamente a guerrear. Se la llamó la "gripe española", y nadie ha modificado aún este insultante epíteto, aun habiendo tenido su origen a miles de kilómetros de nuestra tierra y que mató a 30 millones de personas en todo el mundo.

 

Dejo el final de tu sabia reflexión, querido Cipión, para la semana que viene, si llegamos a ver su albor, que espero que sí, con permiso del bicho. Y remato hoy, compartiendo el lúcido estupor de Emilio Lledó, peripatético filósofo, como Sócrates o Enmanuel Kant, que tantas veces alumbraron sus mejores pensamientos mientras caminaban, algo que hoy, por la falta de previsión de quienes dicen gobernarnos, nos resulta imposible, salvo que restrinjamos la caminata, como hago yo cada día, a la repetición casi interminable de los cuarenta metros que separan el frigorífico del fondo de la cocina de la ventana de la sala de estar. Dice así Emilio Lledó: “sobrecoge ver el poder que tienen sobre nosotros ciertas personas disparatadas, pues un imbécil con poder es algo terrible. Deseo de verdad que esto nos sirva para algo como sociedad. Que propicie un nuevo encuentro con los otros en la polis, en la vida en común”. Algo que, de momento, se ve tan lejos…

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