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Miércoles, 21 de Octubre del 2020
Sábado, 16 Mayo 2020

El Viaje a Ninguna Parte. El precio de la neutralidad

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Bartolomé Marcos Bartolomé Marcos

CLR/Bartolomé Marcos.

Mi buen amigo, contertulio habitual, y perruno congénere, Cipión, me hace llegar esta semana, vía guasaps, su medio habitual (que -desde mi punto de vista- está elevando a inconmensurables niveles de excelencia literaria), una reflexión sobre la falta de definición, las posturas ambiguas, indecisas e imprecisas, de personas o colectivos que no acaban de comprometerse, cuando se topan con algún controvertido problema o dificultad.

En definitiva, de los que optan por la abstención como una forma, quizá algo pasota, de descompromiso, y se lavan las manos (que ahora es práctica habitual y se ha puesto muy de moda, para beneficio económico de los vendedores de geles de baño, jabón y soluciones hidroalcohólicas, qué vaya gran negocio). Jesús (ya saben, el divino y humanísimo Jesús) dejó dicho aquello de “conozco tus obras, sé que no eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras lo uno o lo otro! Por tanto, como no eres frío ni caliente, sino tibio, estoy por vomitarte de mi boca”. También en “La Divina Comedia”, de Dante, en el Canto III del Infierno se dice que las almas más despreciables son aquellas “que vivieron sin merecer alabanzas ni vituperio (…) que no fueron rebeldes ni fieles a Dios, sino que sólo vivieron para sí”. Sí, los culpables del horror del mundo son los tibios de corazón, los que no se atreven a tomar partido, porque suelen ser interesados, falsos y rastreros y juegan con demasiadas barajas. Malditos sean. Y ahora sí, Cipión, cuéntanos lo que, desde tu perspectiva, le ha costado a España históricamente su tibieza, su cobardía, y, al cabo, su torpeza para labrarse una mejor andadura histórica en el contexto de las naciones que son y han sido en el cotarro internacional, tan acatarrado y maltrecho actualmente. Y es que en estos días nos vienen robando hasta el orgullo…

 

Pocos pueblos habrá habido a lo largo de la Historia más belicosos que el español. Nos las hemos visto casi con todo el mundo, y el resultado de ello fue el inmenso imperio que nuestros antepasados forjaron, del cual hoy día ha quedado un legado cultural que baña gran parte del orbe y que justifica que actualmente el español sea la segunda lengua más hablada del planeta, tras el chino (…) Muchas veces me he debatido interiormente en sesudos razonamientos acerca de qué suerte de mosca nos debió picar en el pasado para gozar hoy día de unos nada envidiables atributos: cainitas, insolidarios, autodestructivos e ilusos a más no poder.

 

Desde el batacazo que sufrimos en 1898 (propiciado por unos astutos Estados Unidos, que se inventaron un ataque contra ellos inexistente y que obligó a España a entablar contra los yanquis una guerra innecesaria, desigual y no provocada), se esfumaron las últimas posesiones del inmenso imperio español. Desde entonces todo ha sido ninguneo y piojeras para nuestro pueblo. Aquella infamia estadounidense y aquel desastre militar sirvieron para que los poderes fácticos extranjeros se cebaran con nosotros y urdieran una trama de culpabilidad que nos enfrentó a los unos con los otros, dividiendo a la sociedad española en dos grandes bandos: los de derechas y los de izquierdas, anacronismo que ha perdurado hasta nuestros días, alimentado, además, por nuestra posición neutral en las dos guerras mundiales (…) Jacinto Benavente, nuestro brillante Nobel de Literatura, aunque pequeño de estatura, de aspecto elegante y frágil, y declaradamente homosexual, en una época marcadamente viril (por cierto, se cuenta una anécdota que pone de relieve el ingenio del que estaba dotado nuestro pequeño gran hombre: dicen que se encontraron en una acera de Madrid, uno frente a otro, él y José María Carretero, un gigantón de metro noventa de estatura y consumado espadachín que se había batido con éxito en varios duelos, el cual, contemplando a nuestro laureado con desprecio y por encima del hombro, le dijo: "Yo no cedo el paso a maricones". El inocente grandullón se lo puso a huevo. "Pues yo sí", replicó Benavente, bajando de la acera y dejando como un trapo al Caballero Audaz). Pues sí, decía Jacinto Benavente que "nuestra neutralidad no es traición ni deslealtad para nadie. Muchos somos los que impuestos de todos los males que España debe a Inglaterra y Francia, desde la batalla de Trafalgar hasta los obstáculos opuestos por Inglaterra a la posesión por nuestra parte de territorios africanos después de la gloriosa toma de Tetuán, nos preguntamos extrañados cómo nuestros «intelectuales» han logrado sobreponerse a la realidad histórica para elevarse a las sublimes idealidades del amor a Francia y a Inglaterra, con la grata (pero ilusa) ilusión de que ellas son y serán siempre nuestras mejores amigas y aliadas. Que la amistad de esas dos poderosas naciones nos sería muy conveniente, ¿quién lo duda? Todas las amistades son convenientes si son verdaderas. Pero ¿cuándo han sido amigas nuestras leales esas dos señoras naciones? ¿Qué pruebas de amistad hemos recibido nunca de ninguna de ellas?. No tenía las menores garantías de fructificar su sabia reflexión, pero salió al encuentro de la Historia, propiciada por los yanquis en su territorio, la mal llamada" gripe española" (otro de los estigmas de la Leyenda Negra forjada a base de mentiras por nuestros supuestos aliados y ahora socios europeos), encargándose este singular virus de limpiar más del tablero de ajedrez a los soldados alemanes que a los aliados, obligando a los germanos a poner fin a la contienda mundial unos meses más tarde. Los vencedores y vencidos, ambos por igual, se encargarían de rendirnos cuentas cuando acabó el conflicto. De hecho, pusieron toda la carne en el asador solo dos décadas después, alimentando de ideología y de eficientes armas a ambas partes en liza en nuestro sangriento conflicto civil. Acabada nuestra particular contienda se desató otra mayor de la que, afortunadamente, quedamos fuera, no sin pocas presiones también. El precio que tuvimos que pagar por esta segunda neutralidad fue quedar al margen de todo: del concierto internacional, de las ayudas de los americanos para la reconstrucción y del progreso económico y social. Y así hemos llegado hasta el presente, con un glorioso pasado empañado por las miserias a que nos abocaron los que son la fuente de todos los problemas: los políticos. Así que ya ves, querido Berganza, el coste tan alto que le supone a una población ingenua la neutralidad. Un abrazo. Cipión, el pacifista.

 

Querido Cipión: mi admirado Manuel Vicent, articulista y escritor, disertaba en días pasados sobre las alternativas de la sociedad española para cuando llegue el final del confinamiento. Decía que “la sociedad saldrá retratada de esta crisis; cada uno de nosotros saldremos como héroes o como idiotas”. Sinceramente, creo que la inmensa mayoría más como lo segundo.

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