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Viernes, 03 de Diciembre del 2021
Sábado, 02 Octubre 2021

Don de gentes

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CLR/Manolito Alegría.

Hace unos días recibí un correo electrónico de una agencia de viajes. “Nueva York en otoño como nunca antes la habías visto” supongo que se referiría a las insufribles películas de Woody Allen, que es donde únicamente he visto yo Nueva York.

Tengo que reconocer que la oferta era generosa; vuelo, hotel y hasta imán para la nevera incluido. Pero tengo mis razones para rechazarla, muchas y muy variadas. Permítanme compartir con ustedes una de ellas:

 

Sucedió durante un viaje a Lisboa hace unos años. En lugar de hotel, di con mis huesos en uno de esos apartamentos que se alquilan por días a través de birinbibí o como se llame. Un individuo de escasa consistencia social, que decía ser el responsable, nos entregó las llaves en la puerta del edificio y adiós muy buenas. No había yo terminado de registrar la estancia en busca del mueble bar cuando llaman a la puerta. Abro con recelo y me encuentro con una barriga a la altura de mis ojos. A una considerable distancia en dirección norte de aquel vientre terminaba el tío más enorme que he visto yo en mi vida.

 

“Do you speak english?” preguntó aquella torre gemela, americano; tenía que ser americano porque en las Islas británicas no cabía sin caerse al agua. “Of course que lo hablo. Mucho y muy bueno” contestó este servidor de Dios sin saber muy bien porqué. No me dio tiempo a terminar la frase cuando ese pedazo de animal con ojos agitó un juego de llaves que sostenía en una mano y comenzó a pronunciar un discurso a toda velocidad. Sin separar las palabras, sin respirar, sin temer por su propia vida. Si aquello pronunció mil quinientas frases yo, con suerte, entendí siete palabras. Las suficientes como para elaborar en mi cabeza mi propia versión de su conferencia. El mensaje estaba claro y no había vuelta atrás.

 

Sin pensarlo un solo segundo cerré de un portazo la puerta y dejé al americano hablando solo. “¿Nene, quién era? ¿Por qué has cerrado así la puerta?” preguntó mi mujer con creciente mosqueo “Nadie, no abras la puerta. Llama ahora mismo a la embajada y que manden una delegación de la legión con cabra incluida, que el salvaje ese dice que este apartamento es suyo y que nos tenemos que ir de aquí” contestó este siervo de ustedes.

 

Mi mujer, por alguna razón que no acierto a comprender, no le dio veracidad a mi anuncio del asedio estadounidense y, en contra de mi voluntad y de la voluntad del sentido común, abrió la puerta para comenzar las negociaciones con el invasor sin esperar a la Legión. Tras unos larguísimos minutos de capitulación se despidieron intercambiándose toda suerte de sorrys y thank yous.

 

“¿Qué te ha dicho ese indeseable? ¿Has conseguido pactar una tregua hasta que llegue el embajador?” pregunté tembloroso de valor “sí hijo, sí. Bébete un vaso de agua que se te pase la angustia y te cuento”. Resulta que lo que en realidad le ocurría a aquel sobrino del Tío Sam era que se le había roto la llave de su apartamento al intentar abrir la puerta y necesitaba desesperadamente el número del casero para solucionar la cuestión. Mi señora le dio el contacto del casero y el conflicto diplomático quedó así solucionado. España y Estados Unidos no enviaron a sus jóvenes al matadero en una guerra estéril gracias a una excepcional maniobra diplomática. Nunca tantos debieron tanto a tan pocos.

 

Así que, mis amadísimos amigos, podrán comprender que no piense salir de esta tierra de disgustos hasta que no hable el mismo inglés que se habla en el resto del mundo, que al parecer tiene sutiles diferencias con el mío. Ayer mismo hablé por teléfono con el director general de la agencia de viajes y le dije que muchas gracias pero que no. Que estoy inmerso en un proyecto de perfeccionamiento lingüístico y que a lo de Nueva York le quedan unos cuantos otoños todavía. De hecho es muy probable que el piloto que me ha de llevar hasta allí esté con la nariz pegada a una pantalla viendo al toxicómano ese de Pocoyó, que es lo único que hacen los niños ahora.

 

Que tengan ustedes un buen día

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